domingo, 10 de enero de 2021

"El cerebro de la Galaxia" por Jack Vance

El Cerebro de la Galaxia
Había música, luces de fiesta, risas, conversaciones sofocadas, perfumes, pies que se deslizaban sobre la madera encerada. Arthur Caversham, en el Boston del siglo XIX, sintió el aire en su piel y descubrió que se hallaba totalmente desnudo. Era la fiesta de presentación en sociedad de Janice Paget, y había trescientos invitados vestidos de gala. Durante un momento, no sintió otra emoción que un vago asombro. Su presencia allí parecía derivar de razones lógicas, pero su memoria, nublada, no podía anclar en una certeza definida. Se encontraba algo apartado del grupo de hombres, junto al palco rojo y dorado de la orquesta. Los carritos del ponche, del buffet y del champaña, atendidos por payasos, estaban a su derecha; y a la izquierda, más allá de la entrada abierta de la tienda del circo, estaba el jardín iluminado por guirnaldas de luces de color verde, rojo, azul y amarillo; incluso pudo vislumbrar un carrusel. ¿Por qué estaba allí? No había recuerdos, ni la idea de una finalidad concreta... La noche era tibia y no sentía la menor incomodidad. Pensó que los demás jóvenes, completamente vestidos, debían sentirse sudorosos. Una idea importunaba en un rincón de su mente. Había en esa situación un aspecto significativo al que no prestaba la debida atención. La idea se negaba a emerger a la superficie, y permanecía, irritante, justo por debajo del nivel de su mente consciente. Advirtió que el grupo de jóvenes se había desplazado, alejándose de él. Oyó roncas risas divertidas y exclamaciones de sorpresa. Una chica que bailaba le vio por encima del brazo de su compañero; lanzó una exclamación de asombro y apartó la vista, mientras reía y se ruborizaba. Algo andaba mal. Su piel desnuda sobresaltaba a aquellos hombres y mujeres jóvenes hasta confundirles. La mordedura sumergida y apremiante se acercó más a la superficie; debía hacer algo. Comprendía que no era posible violar sin consecuencias desagradables tabúes que provocaban tal respuesta. Carecía de ropas; era preciso obtenerlas. Miró en torno, examinando a los jóvenes que le miraban con desvergonzada diversión, disgusto o curiosidad, y se dirigió a uno que mostraba esta última actitud. —¿Dónde puedo conseguir ropas? El joven se encogió de hombros. —¿Y dónde ha puesto las suyas? Dos hombres corpulentos, con uniformes azul oscuro, entraron en la tienda. Arthur Caversham los vio con el rabillo del ojo, y su mente funcionó con desesperada celeridad. El joven parecía un ejemplar típico del lugar. ¿Qué clase de apelación tendría sentido para él? Sin duda era posible inducirle a la acción, como a cualquier otro ser humano, si se acertaba con la nota justa. ¿Qué método convenía? ¿La simpatía? ¿La amenaza? ¿La perspectiva de una ventaja o una ganancia? Caversham rechazó los tres. Al violar el tabú había perdido el derecho a la simpatía; una amenaza provocaría burlas, y no tenía ventajas ni ganancias que ofrecer. El estímulo debía ser más sutil... Pensó que los jóvenes suelen agruparse en sociedades secretas. Eso era un hecho casi universal en las mil culturas que había estudiado... Culto a las drogas, casas secretas, tenazas, instrumentos de iniciación sexual... Cualquiera que fuese el nombre, el aspecto exterior era casi idéntico: iniciación penosa, santo y seña, signos secretos, uniformidad en la conducta del grupo, obligación de servir. Si este joven era miembro de una asociación de tal carácter, quizá reaccionara ante una apelación a su espíritu de grupo. Arthur Caversham dijo: —La hermandad me ha puesto en esta situación tabú; en nombre de la hermandad, ayúdeme a conseguir ropas. El joven le miró, sorprendido. —¿Hermandad? ¿Quiere decir la fraternidad? —La comprensión iluminó su cara—. ¿Es una especie de broma de iniciados? —Se echó a reír—. Si es así, no hay duda que hacen las cosas a fondo. —Desde luego —dijo Arthur Caversham. El joven le apremió. —Por aquí. De prisa, que aquí viene la ley. Nos escaparemos por debajo de la lona. Le prestaré mi abrigo para que pueda regresar a su casa. Los dos hombres uniformados, avanzando lentamente por entre las parejas que bailaban, estaban casi sobre ellos. El joven alzó la lona, Arthur Caversham se metió debajo, y su amigo le siguió. Corrieron juntos a través de las sombras de colores hasta una barraca pintada de alegres franjas rojas y blancas, cerca de la entrada de la tienda. —Escóndase detrás —dijo el joven—. Iré a buscar mi abrigo. —Espléndido. El joven titubeó. —¿De dónde es? ¿De qué universidad? Arthur Caversham buscó una respuesta en su mente; sólo un hecho llegó a la superficie. —Soy de Boston. —¿De la Universidad de Boston? ¿Del M. I. T.? ¿De Harvard? —De Harvard. —Ah, muy bien. Yo soy de Washington; estudio en Lee. ¿Y su casa? —No debo decirlo. —Comprendo —dijo el joven, sorprendido pero satisfecho—. Vuelvo en seguida... Bearwald el Halforn se detuvo, entorpecido por la angustia y la fatiga. Los restos de su pelotón se hallaban pegados al suelo, a su alrededor; miraban hacia atrás, hacia donde el borde de la noche ardía y fluctuaba. Muchas aldeas, muchas granjas de techo de madera habían sido incendiadas, y los brand del Monte Medallion se entregaban a una orgía de sangre humana. El ritmo de un tambor lejano tocó la piel de Bearwald. Era un grave trum..., trum..., trum, casi inaudible. Oyó, mucho más cerca, un ronco quejido humano de terror, y luego triunfales gritos de ataque, no humanos. Los brand eran altos, oscuros, y su forma era humana, pero no eran hombres. Tenían ojos como lámparas de vidrio rojo, blancos dientes brillantes, y esa noche parecían decididos a lograr la masacre de todos los hombres del mundo. —Abajo —silbó Kanaw, que custodiaba su derecha, y Bearwald se agazapó. Contra el cielo encendido marchaba vivamente, sin miedo, una columna de altos guerreros brand. Bearwald dijo de pronto: —Escuchen: somos trece; nada podemos hacer luchando contra estos monstruos. Todas sus fuerzas han descendido hoy de la montaña; la colmena debe estar casi abandonada. ¿Qué podemos perder si intentamos incendiar la colmena de los brand? Sólo nuestras vidas; y éstas, ¿qué valen ahora? Kanaw dijo: —Nuestras vidas no son nada. Partamos inmediatamente. —Ojalá nuestra venganza sea tremenda —dijo Broctan, que guardaba la izquierda de Bearwald—. Ojalá la colmena natal de los brand sea mañana un montón de blancas cenizas... El Monte Medallion se alzaba a gran altura sobre sus cabezas; la colmena oval se encontraba en el valle de Pangborn. En la entrada del valle, Bearwald dividió al pelotón en dos grupos, y puso a Kanaw al frente del segundo. —Avanzaremos en silencio a veinte metros de distancia. Si uno de los dos grupos encuentra un brand, el otro podrá atacarle desde atrás y matar al monstruo antes que cunda la alarma en el valle. ¿Comprendido? —Comprendido. —Entonces adelante. A la colmena. El aire hedía a cuero agrio. De la colmena llegaban ruidos metálicos sofocados. El suelo era blando y estaba cubierto de musgo. Los pies no hacían ruido. Muy agachado, Bearwald veía la silueta de sus hombres contra el cielo índigo con bordes violeta. Hacia el sur, cuesta abajo, se veía el furioso resplandor de Echavasa, incendiada. Un ruido. Bearwald silbó y las dos columnas quedaron inmóviles. Esperaban. Se oyeron pasos, tud, tud, tud, tud; luego, un áspero grito de furia y alarma. —¡Maten a la bestia! —gritó Bearwald. El brand movió el garrote como una guadaña. Agarró a un hombre, lo alzó en vilo y lo arrastró con el impulso del golpe. Bearwald saltó y hundió la hoja cortando hacia abajo; sintió cómo se abrían los tendones y olió la sangre caliente del brand. Los ruidos de la colmena habían cesado, y las órdenes de Bearwald resonaban en la noche. —¡Adelante! —jadeó—. ¡Preparen las mechas, préndanle fuego a la colmena! ¡Quemen, quemen, quemen! Abandonando el paso sigiloso, corrió hacia delante, donde se elevaba la oscura cúpula. Aparecieron berreando y chillando muchos brand jóvenes, acompañados por las genetrices; veinticuatro monstruos que avanzaban sobre pies y manos, gruñendo e intentando morder. —¡Maten! —gritó Bearwald el Halforn—. ¡Maten! ¡Fuego, fuego! Se lanzó a la colmena, agazapado, encendió la mecha con chispas y sopló. La mecha, impregnada de salitre, ardió; Bearwald la alimentó con paja y la arrojó contra la colmena; el mimbre y la pulpa de caña empezaron a crepitar. Saltó atrás cuando fue atacado por una horda de jóvenes brand. Su espada subía y bajaba destrozándolos por grande que fuera su frenesí. Tras ellos llegaron tres de las grandes genetrices brand, con el abdomen hinchado, exhalando un repugnante hedor. —Apaguen el fuego —chilló la primera—. La Gran Madre ha quedado en el interior, es demasiado fecunda para moverse... Fuego, horror, destrucción... —Y gemía—: ¿Dónde están los poderosos? ¿Dónde están nuestros guerreros? Trum, trum, trum, sonaban los tambores de piel. Subía por el valle el eco de rudas voces brand. Bearwald, de espaldas al fuego, se lanzó adelante, cortó la cabeza de una genetriz y retrocedió. ¿Dónde estaban sus hombres? —¡Kanaw! —llamó—. ¡Laida! ¡Theyat! ¡Gyorg! ¡Broctan! Volvió la cabeza y vio el resplandor del fuego. —¡Hombres! ¡Maten a las madres que se arrastran! Y una vez más se lanzó al ataque, hiriendo y golpeando, y otra genetriz suspiró y gimió y rodó y quedó inmóvil. Los gritos de los brand eran ahora de alarma. El tambor triunfal calló; los pasos sonaban con fuerza. Detrás de Bearwald la colmena ardía con agradable calor. De su interior surgía una aguda queja, un clamor de intenso dolor. Entre las llamas saltarinas vio a los guerreros brand que corrían a la carga. Sus ojos brillaban como brasas, sus dientes como blancas chispas. Se adelantaron enarbolando sus garrotes y Bearwald aferró su espada, demasiado orgulloso para huir. Después de llevar a tierra su trineo aéreo, Ceistan examinó durante unos minutos la ciudad muerta de Therlatch: una muralla de ladrillo de treinta metros de altura, un portal polvoriento. Encima de los edificios, unos pocos techos desvencijados. Más allá de la ciudad, el desierto se extendía a corta, mediana y larga distancia, hasta las vagas formas de las Montañas Altiluna, en el horizonte rosado por la luz de los soles gemelos Mig y Pag. Durante su exploración desde lo alto, no había visto signos de vida, ni esperaba que los hubiera después de mil años. Quizás unos pocos reptiles de arena se revolcaran al calor en el antiguo bazar, quizás algunos leobares residieran entre los ruinosos edificios. Pero, aparte de ellos, su presencia sería una gran sorpresa para esas calles. Ceistan saltó a tierra y avanzó hacia el portal. Pasó por él mirando a izquierda y derecha con interés. En el aire reseco los edificios de ladrillo eran casi eternos. El viento había suavizado y redondeado todos los ángulos; el calor del día y el frío nocturno habían quebrado los cristales; montones de arena taponaban los callejones. En el portal se abrían tres calles; Ceistan no vio motivos para elegir una. Las tres eran estrechas, polvorientas y formaban recodo, quedando fuera de la vista cien metros más adelante. Ceistan se frotó el mentón, pensativo. En alguna parte de la ciudad había un cofre de bronce que contenía el Pergamino del Escudo y la Corona. Éste, según la tradición, establecía la inmunidad del propietario del feudo con respecto al impuesto sobre la energía. Glay, el señor feudal de Ceistan, había citado el pergamino para justificar su evasión, y se le intimó a que demostrara su validez. Ahora se hallaba en prisión, acusado de rebeldía, y por la mañana sería clavado al suelo de un trineo aéreo y enviado hacia el oeste, a la deriva, a menos que Ceistan regresase con el pergamino. Después de mil años no había razón para ser optimista, pensaba Ceistan. Sin embargo, Lord Glay era un hombre justo, y él no dejaría piedra sobre piedra... Si el cofre existía, presumiblemente estaría guardado en un lugar de importancia: en el Legálico, en la Mezquita, en la Casa de las Reliquias, o quizá en el Suntuario. Allí lo buscaría, dedicando dos horas a cada edificio. Las ocho horas así empleadas agotarían la rosada luz diurna. Al azar, avanzó por la calle central y muy pronto llegó a una plaza en cuyo lado opuesto se alzaba el Legálico, la Casa de los Registros y las Decisiones. Ceistan se detuvo ante la fachada, porque el interior estaba oscuro y sombrío. Del polvoriento espacio no llegaba otro sonido que el suspiro y el susurro del viento seco. Entró. El salón central estaba vacío. En los muros había frescos rojos y azules, tan brillantes como si hubiesen sido pintados el día anterior. Eran seis por muro; la parte superior de cada uno representaba una acción criminal, y la inferior la pena. Ceistan pasó del salón a las estancias interiores, y no encontró más que polvo y olor a polvo. Se aventuró hasta las criptas, iluminadas por tragaluces. Había abundantes escombros, pero ningún cofre de bronce. Salió al aire limpio, y avanzó por la plaza hasta la Mezquita. Pasó al interior por debajo del vasto arquitrabe. El Confirmatorio del Nuncio se encontraba desnudo y limpio, porque el viento penetraba y barría el suelo de mosaicos de mármol. El cielo raso, muy bajo, tenía mil aberturas, cada una de las cuales comunicaba con una celda situada en el piso superior. Esa disposición permitía que el devoto pidiera consejo al Nuncio, cuando éste pasaba por debajo, sin modificar su actitud suplicante. En el centro del recinto había un espacio circular a nivel más bajo, techado por un disco de cristal. En el espacio inferior había un cofre con herrajes de bronce. Ceistan, lleno de esperanza, descendió por la escalera. El cofre sólo contenía joyas: la tiara de la Reina Madre, las insignias del Cuerpo de Gonwand y la gran bola, mitad de esmeralda y mitad de rubí, que antiguamente se hacía rodar por la plaza para conmemorar el paso de un año. Ceistan volvió a colocar esos objetos en el cofre. Las reliquias históricas no tenían valor en ese planeta de ciudades muertas, y las joyas sintéticas eran incomparablemente superiores en transparencia y luminosidad. Al salir de la Mezquita estimó la altura de los soles. Ya habían pasado del cenit, y ahora las dos esferas de fuego rosado se encaminaban hacia el oeste. Vaciló con el ceño fruncido, parpadeando ante la ardiente muralla de ladrillo, mientras pensaba que quizás el cofre y el pergamino eran sólo una infundada leyenda, como tantas otras que se contaban de la extinta Therlatch. El aire giraba en la plaza. Ceistan aclaró su garganta reseca. Escupió y sintió en la lengua un sabor acre. En la muralla había una antigua fuente; la examinó, pero el agua no era ni siquiera un recuerdo entre las calles muertas. Volvió a aclarar su garganta, escupió y se dirigió a la Casa de las Reliquias. Entró en la gran nave entre los pilares cuadrados de ladrillo. Desde el techo destrozado caían rosados haces de luz. Él era como una mosca en ese vasto espacio. En todas partes había nichos cubiertos por cristales; en cada uno se conservaba un objeto antes venerado: la Armadura con que Plange el Prevenido condujo a sus Banderas Azules; la corona de la Primera Serpiente; un conjunto de antiguos cráneos de Padang; el vestido nupcial de la Princesa Thermosteraliam, hecho de paladio tejido, y tan impecable como el día en que lo había llevado; las Tabletas de Legalidad originales; el gran trono de nácar de una dinastía anterior, y una docena más de objetos. El cofre no se hallaba entre ellos. Ceistan buscó la entrada de una posible cripta, pero no había en el suelo de pórfido otra señal que el desgaste causado por las corrientes de aire polvoriento. Salió de nuevo a las calles muertas; los soles habían pasado más allá de los techos hundidos, y sombras color magenta cubrían la ciudad. Con los pies fatigados, la garganta ardiente y un sentimiento de derrota, Ceistan se dirigió hacia el Suntuario de la ciudadela. Ascendió los anchos escalones del pórtico cubierto de cardenillo y llegó a una sala con vívidos frescos que representaban muchachas de la antigua Therlatch en el trabajo y el juego, la alegría y la pena. Eran delicadas criaturas de pelo negro corto y luminosa piel de marfil, graciosas como plantas acuáticas, dulces y mórbidas como ciruelas de Charmoya. Ceistan atravesó la gran sala mirándolas, y pensando con tristeza que esas antiguas criaturas deleitosas eran ahora el polvo que pisaban sus pies. Recorrió un corredor que circundaba el edificio, y desde el cual se podía entrar en las diversas cámaras del Suntuario. Restos de una maravillosa alfombra crujieron bajo sus pies; los enmohecidos harapos de los muros habían sido exquisitos tapices. En la entrada de cada cámara el fresco de una muchacha del Suntuario, y el signo al que servía. Ceistan se detenía en cada una, y procedía a un rápido examen antes de pasar a la siguiente. Los haces de luz que se filtraban por los techos derrumbados le servían para medir el tiempo; cada vez eran más horizontales. Una cámara, y otra, y otra. En algunas había arcenes, en otras altares o trípticos o fuentes. Pero no el cofre que buscaba. Sólo quedaban tres por registrar antes de regresar al salón de entrada. Y después se acabaría la luz. Entró en la primera y halló una cortina nueva. La hizo a un lado y vio un espacio exterior inundado por la larga luz de los soles gemelos. El agua de una fuente descendía por una cascada de escalones de jade verde manzana hasta un jardín tan tierno, fresco y en flor como los del norte. De un diván se alzó alarmada una muchacha tan vívida y deliciosa como las de los frescos. Tenía corto pelo negro, y un rostro puro y delicado como la grande y blanca flor de almendro que lo adornaba. Por un instante Ceistan y la muchacha se miraron; luego la alarma de ella se disipó y le sonrió con picardía. —¿Quién eres? —preguntó Ceistan, asombrado—. ¿Vives aquí, en medio del polvo, o eres un fantasma? —Soy real —respondió ella—. Mi hogar está en el sur, en el Oasis de Palram; estoy cumpliendo el período de aislamiento al que deben someterse todas las muchachas de mi raza cuando aspiran a la Instrucción Superior... Así que puedes acercarte sin temor, y descansar, y beber vino de frutas, y ser mi compañero durante la noche, porque ésta es mi última semana en el desierto y estoy hastiada de mi soledad. Ceistan avanzó un paso, y luego vaciló. —Debo cumplir una misión. Busco el cofre de bronce que contiene el Pergamino del Escudo y la Corona. ¿Sabes dónde está? Ella meneó la cabeza. —Sé que no está en el Suntuario. —Se puso de pie y estiró sus brazos de marfil como un gato que se despereza—. Abandona tu búsqueda y ven a mi lado para que te reconforte. Ceistan la miró, y miró también la luz que se desvanecía, y el corredor con las otras dos puertas. —Antes completaré mi búsqueda. Debo hacerlo por mi señor, Glay, que será clavado a un trineo aéreo y enviado hacia el oeste si no puedo ayudarle. Ella hizo un mohín de desagrado. —Ve entonces a tu cámara polvorienta, con la garganta seca. Nada encontrarás; y si te obstinas, cuando vuelvas me habré ido. —Entonces que así sea —respondió Ceistan. Se volvió y continuó por el corredor. La primera cámara estaba desnuda y seca como un hueso; en la segunda, a la última luz rosada de los soles gemelos, vio el esqueleto de un hombre en un rincón. No estaban el cofre de bronce ni el pergamino, y Glay debía morir. A Ceistan le pesaba el corazón. Volvió al jardín donde había visto a la muchacha, pero ella había desaparecido. La fuente no manaba, y sólo quedaba un poco de humedad sobre las piedras. —¿Dónde estás? —llamó—. Vuelve; mi misión ha terminado. No hubo respuesta. Ceistan alzó los hombros, salió al exterior y, a través de las desiertas calles del anochecer, se abrió paso hasta el portal de entrada y hasta su trineo aéreo. Dobnor Daksat se dio cuenta que el hombre corpulento con el manto negro bordado le estaba hablando. Mientras examinaba el ambiente, que era al mismo tiempo extraño y familiar, advirtió también que la voz del hombre era arrogante y condescendiente. —Va usted a competir por una elevada clasificación —decía—. Me asombra su... confianza. Miró a Daksat con ojos vivaces y especulativos. Daksat bajó la mirada y frunció el ceño al ver cómo iba vestido. Llevaba un largo manto de terciopelo granate, que se abría como una campana en la parte inferior. Sus pantalones de pana roja, muy ceñidos a la cintura, los muslos y las piernas, tenían un holgado bullón de tela verde en los tobillos. Evidentemente, se trataba de sus propias ropas; parecían convenientes e inconvenientes al mismo tiempo, como el puño metálico de oro labrado con que se protegía los nudillos. El hombre corpulento de manto oscuro hablaba dirigiéndose a un punto situado encima de la cabeza de Daksat, como si éste no existiera. —Clauktaba ha conquistado año tras año honores como imaginista; Bel Washab fue el vencedor de Korsi el mes pasado; Tol Morabait es un reconocido maestro de la técnica; Ghisel Ghang, de West Ind, no tiene par en la creación de estrellas de fuego, y Pulakt Havjorska es el campeón del Reino de la Isla. Inspira escepticismo, por lo tanto, que usted, nuevo e inexperto, pueda hacer otra cosa que avergonzarnos con su pobreza mental. Daksat aún se hallaba perplejo. No sentía resentimiento ante el evidente desdén del hombre corpulento. Dijo: —¿Cómo es eso? No estoy seguro de comprender bien mi posición. El hombre del manto negro le miró burlón. —¿De modo que ahora empieza a sentirse atemorizado? Pues no carece de justificación. —Suspiró y agitó las manos—. Está bien, está bien. Los jóvenes siempre serán impetuosos, y quizás ha creado usted imágenes que considera meritorias. De cualquier modo, la mirada del público le ignorará, y preferirá ver la gloria de las geometrías de Clauktaba y las explosiones estelares de Ghisel Ghang. Le aconsejo que mantenga sus imágenes pequeñas, oscuras y reducidas... Ya es hora que se instale en su imagicón. Por aquí. Recuerde: grises, pardos, lavandas, quizás algún toque de ocre o color herrumbre. Así los espectadores comprenderán que sólo compite para adquirir experiencia, y que no desafía a los maestros. Por aquí... Abrió una puerta, subieron una escalera y salieron a la noche. Se encontraban en un estadio, frente a seis grandes pantallas de quince metros de altura. Tras ellos, miles y miles de espectadores estaban sentados en las gradas. El ruido de la muchedumbre era como un suave estrépito. Daksat se volvió para mirarlos; sus rostros y sus individualidades se fundían en la entidad del conjunto. —Éste es su aparato —dijo el hombre corpulento—. Siéntese, y yo ajustaré el ceretempo. Daksat permitió que lo acomodara en el pesado sillón, tan suave y profundo que le parecía flotar, y que hiciera ciertos ajustes en la cabeza, el cuello y el puente de la nariz. Sintió un agudo pinchazo, una presión, una palpitación y luego una tranquilizadora calidez. En la distancia, una voz decía a la muchedumbre: —¡Dos minutos para la niebla gris! ¡Dos minutos para la niebla gris! Atención, imaginistas: ¡dos minutos para la niebla gris! El hombre corpulento se inclinó sobre él. —¿Puede ver bien? Daksat se incorporó un poco. —Sí... Todo está claro. —Muy bien. A la «niebla gris», ese filamento se encenderá. Cuando se apague, su pantalla quedará activada. Imagine lo mejor que pueda. La voz distante dijo: —¡Un minuto para la niebla gris! El orden es el siguiente: Pulakt Havjorska, Tol Morabait, Ghisel Ghang, Dobnor Daksat, Clauktaba y Bel Washab. No hay impedimentos. Todos los colores y formas están permitidos. Relajación... Preparen vuestros lóbulos cerebrales; y ahora..., ¡niebla gris! Brilló la luz en el panel de Daksat; vio cinco de las seis pantallas iluminadas por un agradable gris perla que oscilaba un poco, como agitado o excitado. Sólo su propia pantalla seguía oscura. El hombre corpulento se inclinó y le pinchó con el dedo. —Niebla gris, Daksat. ¿Está sordo o ciego? Daksat pensó niebla gris e instantáneamente su pantalla se animó. Apareció una nube de gris plateado, limpio y claro. —Hum —gruñó el hombre corpulento—. Un poco oscuro y aburrido, pero supongo que no está mal... Mire cómo Clauktaba ya da muestras de pasión, cómo tiembla de emoción. Daksat miró la pantalla que tenía a su derecha y vio que era verdad. El gris, sin combinarse en realidad con otro color, fluía y se adelgazaba como si cubriera una vasta inundación de luz. A la extrema izquierda, en la pantalla de Pulakt Havjorska, los colores ardían. Era una imagen inicial, modesta y reducida: una joya verde. Manaba de ella una lluvia de gotas azul y plata que desaparecían en pequeñas explosiones naranja al chocar contra un suelo negro. Luego se encendió la pantalla de Tol Morabait. Un tablero de damas blanco y negro. Algunos de sus cuadrados se tornaban de pronto verdes, rojos, azules y amarillos; colores cálidos y plenos, puros como astillas del arco iris. La imagen desapareció en un arrebato de rosa y azul. Ghisel Ghang produjo un tembloroso círculo amarillo, luego un halo verde que se hinchó y originó una ancha franja brillante blanca y negra y, en el centro, un complejo dibujo caleidoscópico. La pantalla se desvaneció en un relámpago luminoso, y apareció por un instante la misma imagen pero en colores totalmente distintos. El clamor de los espectadores saludó ese tour de force. Se apagó la luz en el panel de Daksat. Sintió el dedo del hombre corpulento, que le decía: —Ahora. Daksat miró la pantalla con la mente en blanco. Apretó los dientes. Algo, algo. Una imagen... Pensó en las praderas junto al río Melramy. —Hum —dijo el hombre corpulento—. Agradable. Una bonita fantasía, y bastante original. Sorprendido, Daksat examinó la imagen de la pantalla. Según podía distinguir, era una reproducción poco inspirada de una escena que conocía bien. ¿Fantasía? ¿Era eso lo que esperaban? Muy bien, produciría fantasía. Imaginó la pradera ardiendo, fundida, al rojo blanco. La vegetación y los viejos demarcadores se transformaban en un viscoso hervor. La superficie se alisó y se convirtió en un espejo que reflejaba los Riscos de Cobre. Detrás de él, el hombre gruñó. —Un poco recargada la última. Destruyó el efecto encantador de esos colores y formas sobrenaturales. Daksat se hundió en el sillón, con el ceño fruncido, deseoso que volviera su turno. Mientras tanto, Clauktaba creó una límpida flor blanca, de tallo verde y estambres morados. Los pétalos caían, y de los estambres brotaba una nube giratoria de polen amarillo. Bel Washab, en el extremo de la línea, pintó su pantalla de un luminoso verde submarino que onduló, se rompió y produjo un manchón irregular sobre la superficie. De su centro surgió una fuente de oro cálido que rápidamente cubrió el manchón de ramificaciones. Así concluyó la primera serie. Hubo una pausa de varios segundos. —Ahora empieza la competición —susurró la voz detrás de Daksat. En la pantalla de Pulakt Havjorska apareció un iracundo mar de color con olas rojas, verdes y azules, que se cubrieron de horribles manchas. Abajo a la derecha, apareció una forma amarilla que derrotó el caos y se difundió por la pantalla. El centro se tornó verde muy claro. Surgió una forma negra y se dividió en dos partes, que ondularon suavemente hacia ambos lados. Luego retornaron y vagaron por el fondo girando e inclinándose con graciosa flexibilidad. A lo lejos, en la perspectiva, se unieron y avanzaron como una lanza, la cual se transformó en una serie de lanzas organizadas como un diseño oblicuo de finas franjas negras. —Soberbio —dijo el hombre corpulento—. ¡Qué ritmo tan preciso y exacto! Tol Morabait replicó con un plano castaño cubierto de líneas y manchas carmesí. Surgió un sombreado verde a la izquierda, que se desplazó hacia la derecha. El plano de color castaño se acercó hacia el frente, se hinchó entre las barras verdes, empujó y se quebró en añicos que volaron en todas direcciones huyendo de la pantalla. En el fondo negro detrás de las líneas verdes, que desaparecieron, había ahora un cerebro humano rosado y pulsante. De él nacieron seis patas de insecto y se alejó como un cangrejo. Ghisel Ghang creó uno de sus fuegos de artificio: una pequeña esfera azul explotó en todas direcciones. Las puntas se abrieron, temblorosas, en un maravilloso diseño en cinco colores: azul, morado, violeta, blanco y verde claro. Dobnor Daksat estaba rígido, con los puños y los dientes apretados. Ahora. ¿Acaso su cerebro no era tan capaz como el de aquellos extraños? ¡Ahora! En la pantalla apareció un árbol verde y azul. Cada hoja era una lengua de fuego; el humo ascendió y formó una nube que giraba y se movía. De ella brotó un cono de lluvia que extinguió las llamas y las reemplazó por flores blancas. Un rayo brotó de la nube y el árbol se hizo añicos de cristal; otro relámpago hirió el montón de añicos y la pantalla explotó en una gran inundación blanca, anaranjada y negra. La voz del hombre corpulento dijo pensativa: —No está mal en conjunto, pero recuerde mi advertencia y produzca imágenes más modestas, porque... —¡Silencio! —dijo con rudeza Dobnor Daksat. El certamen continuó con una vuelta y otra de espectáculos, algunos dulces como la miel, otros tan violentos como las tormentas que circundan los polos. Los colores se sumaban a los colores, los diseños evolucionaban y cambiaban, unas veces con glorioso ritmo y otras con la amarga disonancia necesaria para dar fuerza a la imagen. Daksat construyó un sueño tras otro. Su tensión había desaparecido; olvidado de todo, sólo atendía a las veloces imágenes de su mente. Y sus imágenes eran ahora tan sutiles y complejas como las de los maestros. —Una vuelta más —anunció el hombre corpulento. Ahora los imaginistas se lanzaron a sus sueños maestros. Pulakt Havjorska, el crecimiento y la decadencia de una hermosa ciudad; Tol Morabait, una serena composición blanca y verde interrumpida por un ejército de insectos que dejaban una sucia estela. Luego eran atacados por hombres con armaduras de piel pintada y altos sombreros, armados de espadas cortas y mayales. Los insectos eran destruidos y expulsados de la pantalla; los cadáveres se convertían en huesos y luego en un polvo azul que titilaba. Ghisel Chang creó simultáneamente tres fuegos de artificio, distintos y maravillosos. Daksat imaginó un canto rodado que aumentó de tamaño hasta convertirse en un bloque de mármol, en el que esculpió la cabeza de una muchacha hermosa. Por un momento su mirada se animaba con variadas emociones: alegría ante su brusca existencia, meditación, luego temor. Sus ojos se volvían azul opaco, el rostro adoptaba una máscara sardónica, con las mejillas negras y la boca sonriente. La boca escupía al aire, la cabeza se inclinaba y ampliaba hasta ser un fondo negro donde las gotas de saliva brillaban como el fuego, se volvían estrellas y constelaciones y una se expandía, y nacía un planeta con configuraciones que el corazón de Daksat añoraba. El planeta se hundía en la oscuridad, las constelaciones se desvanecían. Dobnor Daksat se relajó. Su última imagen. Suspiró, exhausto. El hombre del manto negro le quitó los aparatos en silencio. Luego preguntó: —El planeta de la última visión, ¿era una creación o un recuerdo? No pertenece a ninguno de los sistemas vecinos, pero tenía la precisión de la realidad. Dobnor Daksat le miró con sorpresa, y las palabras se ahogaron en su garganta: —Es el hogar, este mundo... ¿Acaso no lo es? El hombre corpulento le miró de modo extraño, se encogió de hombros, se apartó. —Dentro de un instante se sabrá quién ha ganado el certamen y se otorgará el galardón enjoyado. El día era ventoso y nublado, y la galera tripulada por los remeros de Belaclaw era baja y negra. Ergan estaba a popa, mirando a través de dos millas de adusto mar la costa de Racland. Sabía que los racs, de rostro agudo, vigilaban desde las elevaciones. A unos cientos de metros a sotavento se elevó una columna de agua. Ergan se dirigió al timonel. —Sus cañones tienen mejor puntería de lo que pensábamos. Continúe una milla más y después intentaremos remontar la corriente. Mientras hablaba se oyó un vasto silbido. Alcanzó a vislumbrar un negro proyectil que se aproximaba. Dio contra el flanco de la galera y explotó; cuerpos, maderas y metales volaron en todas direcciones. La embarcación apoyó su espalda rota en el agua, se retorció y se hundió. Ergan saltó y se quitó la espada, el casco y las grebas casi en el momento de llegar al agua gris y helada. Estremecido por el golpe, nadó en círculos hasta que encontró un madero y se aferró a él. Una lancha se acercaba desde la costa de Racland. La proa batía la espuma mientras subía y bajaba entre las olas. Ergan abandonó el madero y se alejó tan rápido como pudo. Era mejor ahogarse que ser capturado; encontraría más compasión en los hambrientos peces del mar que en los despiadados racs. Continuó nadando, pero la corriente le arrastró hacia la costa y al fin, mientras luchaba débilmente, fue arrojado a una playa pedregosa. Allí fue descubierto por una pandilla de jóvenes racs, y conducido a un vecino puesto de mando. Le ataron, le arrojaron a un carro, y así fue trasladado a la ciudad de Korsapan. En una habitación gris se enfrentó con un oficial de información de la policía secreta rac, un hombre con la piel gris de un sapo, la boca gris y húmeda y ojos ansiosos e inquisitivos. —Usted es Ergan —dijo el oficial—. Emisario del Barconte de Salomdek. ¿Cuál es su misión? Ergan sostuvo su mirada, esperando que aflorara a sus labios una respuesta feliz y convincente; pero no fue así. La verdad provocaría la inmediata invasión de Belaclaw y Salomdek por los altos soldados racs, de rostro fino, uniformes y botas negros. Ergan no dijo nada. El oficial se inclinó hacia él. —Se lo preguntaré una vez más; luego será enviado al cuarto de abajo. Dijo «cuarto de abajo» con peculiar deleite. Ergan, cubierto de sudor frío, porque conocía la fama de los torturadores racs, dijo: —No soy Ergan. Mi nombre es Ervard, y soy un honrado comerciante en perlas. —No es verdad. Su ayudante fue capturado y, sometido a la bomba de compresión, escupió su nombre junto con sus pulmones. —Soy Ervard —repitió Ergan, con las vísceras encogidas de espanto. El rac hizo una señal. —Llévenlo al cuarto de abajo. El cuerpo humano, que ha desarrollado sus nervios como avanzadas contra los peligros, parece especialmente diseñado para el dolor, y colabora a la perfección con el arte del torturador. Esas características del cuerpo habían sido estudiadas por los especialistas racs, quienes habían descubierto por accidente otras posibilidades del sistema nervioso humano. Así, se había demostrado que ciertos programas de presión, calor, fricción, desgaste, torsión, tirón, choques visuales y sonoros, insectos, hedor y suciedad determinaban efectos acumulativos; en tanto que un sólo método, usado en exceso, se torna ineficaz. Toda esa sabiduría fue generosamente aplicada a los nervios de Ergan, a quien se infligió toda la gama del dolor: las agudas punzadas, los largos y duraderos dolores de las articulaciones, que continuaban por la noche, las luces violentas, los asaltos de inmunda obscenidad y algunos momentos de ocasional ternura en que se le permitía vislumbrar el mundo que había abandonado. Y luego, de nuevo al cuarto de abajo. Él repetía: —Soy Ervard el comerciante. Y trataba de empujar a su mente a la muerte por encima de la barrera de los tejidos; pero su mente siempre vacilaba en el último instante, y Ergan vivía. Los racs torturaban siguiendo una rutina, de modo que la expectativa de la hora era un nuevo tormento. Los pasos lentos y pesados, el débil intento de fuga, las duras risas que le acorralaban, las risas con que le arrojaban tres horas más tarde, gimiendo y sollozando, sobre el montón de paja que constituía su lecho. —Soy Ervard —repetía, y adiestraba a su mente a creer que era verdad, para que nunca pudieran sorprenderle con la guardia baja—. Soy Ervard, Ervard, comerciante en perlas. Trató de estrangularse con paja trenzada, pero un esclavo vigilaba constantemente y eso no estaba permitido. Intentó asfixiarse, y hubiese estado satisfecho de lograrlo; pero cuando se hundía en la bendita inconsciencia, su mente se relajaba y sus nervios motores emprendían nuevamente la insensata tarea de volver a respirar. No comía, pero eso no significaba nada para los racs, que le inyectaban tónicos, estimulantes y drogas nutritivas, de modo que siempre estaba en el punto más alto de su lucidez. —Soy Ervard —decía, y los racs apretaban los dientes con furia. Su caso era ya un desafío a su ingenio, y se ocuparon larga y cuidadosamente de sutilezas y refinamientos. Nuevos tipos de sogas, instrumentos metálicos de nuevas formas, presiones y torsiones de nuevo carácter. Incluso cuando estalló la guerra y ya no importaba que fuera Ervard o Ergan, siguieron considerándole un problema, un caso ideal. Le atormentaban con mayor cuidado que el habitual; los torturadores perfeccionaban sus técnicas, haciendo un cambio aquí, una mejora allá. Un día arribaron las galeras de Belaclaw, y los soldados con cimera de plumas sobrepasaron las murallas de Korsapan. Los racs miraron a Ergan apenados. —Debemos marcharnos, y no te has sometido. Se oyó muy cerca un gran estrépito. —Nos vamos —dijeron los racs—. Los tuyos ocupan la ciudad. Si nos dices la verdad, vivirás. Si mientes te mataremos. Así que elige: tu vida por la verdad. —¿La verdad? —murmuró Ergan—. Es una treta. —Oyó el himno de victoria de los soldados de Belaclaw—. ¿La verdad? ¿Por qué no?... Está bien: soy Ervard. Ahora creía que ésa era la verdad. El Principal Galáctico era un hombre delgado, de pelo castaño rojizo que raleaba sobre su cráneo amplio y abovedado. Su cara, poco notoria por otros rasgos, recibía su poder de los grandes ojos negros que traicionaban una velada luz, como el fuego detrás del humo. Físicamente, había dejado atrás la juventud. Sus brazos y piernas eran delicados y se movía de modo desmañado; tenía la cabeza algo inclinada, como si le pesara la intrincada maquinaria de su cerebro. Se levantó del diván, sonriendo, y miró a través de la arcada a los once Ancianos. Estaban sentados ante una mesa de madera pulida, de espaldas a una pared cubierta de hiedra. Eran hombres adustos, de movimientos lentos, y en sus rostros se pintaban la sabiduría y la perspicacia. Por el sistema establecido, el Principal era el poder ejecutivo del universo, y los Ancianos, un cuerpo deliberativo dotado de ciertos derechos restrictivos. —¿Y bien? El Anciano Jefe alzó su mirada del computador. —Es usted el primero que se reincorpora. El Principal miró en torno. Los otros yacían en diversas posturas: unos rígidos, con los brazos tensos, otros acurrucados en posición fetal. Uno casi se había caído del diván al suelo; sus ojos se hallaban abiertos contemplando algo remoto. El Principal se volvió hacia el Anciano Jefe, que le miró con distante curiosidad. —¿Se ha establecido la puntuación máxima posible? El Anciano Jefe consultó los computadores. —Veintiséis treinta y siete es la puntuación óptima. El Principal esperó, pero el Anciano no dijo nada. Avanzó entonces hacia el antepecho de alabastro que se encontraba detrás de los divanes. Se inclinó y contempló el panorama: una infinita extensión soleada que iluminaba su ralo pelo rojizo. Respiró profundamente, flexionando los dedos porque el recuerdo de los torturadores racs pesaba todavía sobre su mente. Un momento después se volvió y se apoyó de espaldas contra la balaustrada, apoyándose en los codos. Miró la hilera de divanes. Los demás candidatos no habían despertado. —Veintiséis treinta y siete —murmuró—. Me atrevería a estimar mi propia puntuación en veinticinco noventa. En el último episodio recuerdo que la retención de personalidad fue incompleta. —Veinticinco setenta y cuatro —dijo el Anciano—. El computador estima que el desafío final de Bearwald el Halforn a los guerreros brand carecía de utilidad. El Principal reflexionó. —Es justo. La obstinación de nada sirve si no se dirige a un fin predeterminado. Es un fallo que debo tratar de superar. —Miró a los Ancianos—. Ustedes no dicen nada, estan curiosamente silenciosos. Esperó. El Anciano Jefe callaba. —¿Puedo preguntar cuál ha sido la puntuación más alta? —Veinticinco setenta y cuatro. El Principal Galáctico asintió. —La mía. —Ha sido la más alta —agregó el Anciano Jefe. La sonrisa del Principal se borró. En su frente apareció una arruga de preocupación. —Pero a pesar de eso, no están dispuestos a confirmar mi segundo término de autoridad. Les quedan dudas. —Dudas y temores. Aunque todavía tenía las cejas alzadas, en señal de cortés interrogación, las comisuras de sus labios se endurecieron. —Vuestra actitud me desconcierta —dijo—. Mi hoja de servicios demuestra mi entrega total. Mi inteligencia es extraordinaria, y en este test final, diseñado para disipar vuestras últimas dudas, he logrado la puntuación más alta. He demostrado ya mi intuición social, mi flexibilidad, autoridad, devoción, imaginación y carácter decidido. En todos los aspectos mensurables cumplo de modo óptimo las condiciones que el cargo requiere. El Anciano Jefe recorrió la hilera de sus compañeros; ninguno deseaba hablar. Se echó atrás en su silla y dijo: —Nuestra actitud es difícil de explicar. Todo es como dices. Tu inteligencia es indiscutible, tu carácter, ejemplar; has servido con honor y dedicación. Has merecido nuestro respeto, admiración y gratitud. Y comprendemos que te postulas para un segundo término por un motivo digno de elogio: te consideras el hombre más capaz para coordinar los complejos asuntos de la galaxia. El Principal asintió con gravedad. —Pero ustedes no lo creen así. —Nuestra posición es quizá más dubitativa. —¿Cuál es, concretamente, esa posición? —El Principal señaló los divanes—. Miren a esos hombres, elegidos entre los mejores de la galaxia. Uno está muerto. El que se agita en el tercer diván ha perdido la razón. Los otros han recibido una grave sacudida. Y no olviden que este test está específicamente concebido para medir las cualidades esenciales en un Principal Galáctico. —El test ha tenido gran interés para nosotros —afirmó con suavidad el Anciano Jefe—. Ha afectado de modo considerable nuestro pensamiento. El Principal vaciló, estudiando las derivaciones implícitas en esas palabras. Se adelantó y se sentó frente a los Ancianos. Entornando los ojos, miró a cada uno de los once hombres, golpeteó una, dos, tres veces con los dedos la madera pulida y se acomodó en su silla. —Como he señalado, el test ha puesto a prueba a los candidatos en lo referente a las cualidades requeridas para este cargo. La Tierra del siglo XIX es un planeta de complejas costumbres. Allí el candidato, como Arthur Caversham, debe emplear a fondo su intuición social, una condición muy importante en esta galaxia de dos millones de soles. En Belotsi, Bearwald el Halforn es examinado en cuanto al valor y a la capacidad de dirigir una acción concreta. En la ciudad muerta de Therlatch, en Praesepis Tres, se mide al candidato, como Ceistan, por su fidelidad a la tarea. Y en el imagicón de Staff se comparan sus concepciones creativas con las de las mentes más fértiles que existen. Finalmente, en el rol de Ergan, en Chanzokar, su voluntad, su persistencia y su carácter son explorados hasta sus límites extremos. Cada candidato es colocado en un conjunto idéntico de circunstancias por un método de interconexión temporal, dimensional y cerebroneural que no es necesario analizar aquí. Lo cierto es que cada candidato es objetivamente medido por sus acciones, y que los resultados son mensurables. Se interrumpió y miró los graves rostros. —Debo destacar que, si bien yo mismo he diseñado la prueba, no por ello jugaba con ventaja. Las sinapsis mnemónicas quedan totalmente desconectadas de un incidente al otro, y sólo funciona la personalidad básica del candidato. Todos hemos sido examinados en las mismas condiciones. En mi opinión, la puntuación registrada por el computador da un índice digno de confianza acerca de las capacidades de los candidatos para el delicado cargo de Ejecutivo Galáctico. —La puntuación es significativa —reconoció el Anciano Jefe. —Entonces, ¿aprueban mi candidatura? El Anciano sonrió. —No tan de prisa. No existe duda acerca de tu inteligencia, ni acerca de lo mucho que has logrado durante tu primer término como Principal Galáctico. Pero aún queda mucho por hacer. —¿Sugieren que otro hombre podría haber logrado más? El Anciano Jefe se encogió de hombros. —No hay modo de saberlo. Has logrado muchos éxitos: la civilización de Glenart, la Alborada de Masilis, el reino del rey Karal en Aevir, la sofocación de la rebelión de Arkid. Los ejemplos abundan. Pero también hay errores: las guerras de la Tierra, la brutalidad, claramente destacada en tu test, de Belotsi y Chanzokar, la decadencia de los planetas del racimo mil ciento nueve, la toma del poder por los reyes-sacerdote en Fiir..., y muchas otras cosas. El Principal apretó los labios; el fuego detrás de sus ojos ardió con mayor violencia. El Anciano continuó: —Uno de los fenómenos más notables en la galaxia es la tendencia humana a absorber y reproducir la personalidad del Principal Galáctico. Parece haber una tremenda resonancia que parte del cerebro del Principal y vibra en las mentes de los hombres, desde el Centro hasta las regiones de los confines. Dicho fenómeno debe ser estudiado, analizado y controlado. El efecto consiste en que cada pensamiento del Principal es multiplicado por un billón, cada estado de ánimo determina el tono de mil civilizaciones y cada faceta de su personalidad se refleja en la ética de mil culturas. El Principal dijo en tono neutro: —He observado ese fenómeno, y reflexionado al respecto. Las órdenes del Principal son promulgadas de modo que puedan ejercer una influencia más bien sutil que abierta. Quizás ése sea lo esencial de la cuestión. De cualquier modo, la realidad de esa influencia es una razón más para elegir a un hombre de probada virtud. —Bien planteado —respondió el Anciano Jefe—. Tu carácter está fuera de todo reproche. Pero los Ancianos estamos preocupados por la creciente marea de autoritarismo que tiene lugar en la galaxia, y sospechamos que el principio de la resonancia está en funcionamiento. Eres un hombre de voluntad indomable; y sentimos que tu influencia ha provocado, sin proponértelo, la irrupción de la actitud paternalista. El Principal guardó silencio un instante, y miró los lechos donde se recuperaban los demás candidatos. Pertenecían a diversas razas: un pálido norteño de Palast; un macizo Hawolo de piel roja; un isleño de ojos y pelo gris del planeta Mar; cada uno era sobresaliente en su planeta natal. Los que habían vuelto a la conciencia trataban de recobrar el ánimo, o reposaban en sus divanes intentando liberar sus mentes de la prueba. Algunos lo habían pagado caro: uno estaba muerto; otro, privado de la razón, gemía postrado junto al lecho. El Anciano Jefe continuó: —Los aspectos negativos de tu carácter han quedado ejemplificados por el test mismo. El Principal abrió la boca; el Anciano alzó la mano. —Déjame hablar. Trataré de ser justo. Cuando haya terminado, podrás responder. Como decía, tu carácter básico queda expuesto en los detalles del test que has diseñado. Las cualidades que mides son las que consideras de mayor importancia, es decir los ideales por los que guías tu propia vida. Estoy seguro que esto es algo totalmente inconsciente, y por eso mismo, muy revelador. Piensas que las características esenciales de un Principal Galáctico son la intuición social, la agresividad, la lealtad, la imaginación y una feroz tenacidad. Como persona de gran carácter, tratas de ejemplificar dichos ideales con tu propia conducta y, por lo tanto, no es en modo alguno extraño que obtengas la puntuación máxima en una prueba preparada por ti, con un sistema de puntuación creado por ti. Permíteme aclararlo con una analogía. Si el águila organizara una prueba para elegir al rey de los animales, probaría la capacidad de volar de todos los candidatos, y necesariamente ganaría. Pero el topo consideraría importante la capacidad de excavar, y en su sistema él sería el mejor candidato. El Principal se echó a reír y pasó la mano por su pelo castaño rojizo. —No soy el águila ni el topo. El Anciano movió la cabeza. —No. Eres responsable, celoso, imaginativo, infatigable, como has demostrado tanto al determinar una prueba de estas características como al lograr una alta puntuación en la misma. Pero, a la inversa, por la ausencia de otras pruebas demuestras tus propias carencias. —¿Cuáles son? —Simpatía. Compasión. Amabilidad. —El Anciano Jefe volvió a echarse atrás en su silla—. Es curioso. El predecesor de tu predecesor era rico en esas cualidades. Durante su término, los grandes sistemas humanitarios fundados en su idea de la fraternidad se expandieron por el universo. Otro ejemplo de resonancia. Pero me aparto del tema. El Principal dijo con una mueca sardónica: —¿Puedo preguntar si se ha elegido ya al próximo Principal Galáctico? El Anciano Jefe asintió. —Se ha hecho ya una elección. —¿Cuál es su puntuación? —Según tu sistema, diecisiete ochenta. No estuvo bien como Arthur Caversham; intentó explicar a los policías las ventajas de la desnudez. Carece de la habilidad de inventar un subterfugio al instante, no tiene tus rápidas reacciones. Se vio desnudo y, como es directo y sincero, trató de exponer las motivaciones positivas de su estado sin tratar de desarrollar medios para evadir las penalidades. —Querría saber más sobre él —dijo el Principal. —Como Bearwald el Halforn, llevó a sus hombres hasta la colmena de los brand en el Monte Medallion, pero en lugar de incendiarla, llamó a la reina, y le pidió que concluyera con la inútil matanza. Ella se acercó, se apoderó de él, lo arrastró al interior y le dio muerte. Fracasó; pero el computador concedió una alta puntuación a su enfoque directo de la situación. »En Therlatch su conducta fue tan irreprochable como la tuya, y en el imagicón tuvo una actividad adecuada. El tuyo se aproximó al de los Maestros Imaginistas, lo que es verdaderamente extraordinario. »Las torturas de los racs constituyen el elemento más terrible de la prueba. Sabías bien que puedes resistir un ilimitado dolor y, por lo tanto, exigiste que los demás candidatos poseyeran el mismo atributo. El nuevo Principal Galáctico tiene aquí una lamentable deficiencia; es sensible, y la idea de un hombre que inflige dolor a otro de modo intencionado le da náuseas. Podría añadir que ninguno de los otros dos candidatos que igualaron tu puntuación alcanzó la cota más alta en el último episodio. El Principal se mostró interesado. —¿Quiénes son? El Anciano Jefe los señaló: un hombre alto, de músculos poderosos, con una cara que parecía labrada en piedra y que miraba pensativo a lo lejos sobre la balaustrada, y un hombre de mediana edad sentado sobre sus piernas, que miraba con imperturbable placidez un punto situado a un metro de distancia de sus ojos. —Uno es duro y obstinado —prosiguió el Anciano—, y se negó a decir una sola palabra. El otro asume una misteriosa objetividad cuando sufre algo desagradable. No todos lo pasaron bien, y casi en todos los casos será preciso un reajuste mental. Sus ojos se dirigieron a la criatura sin razón, de ojos vacíos, que recorría el lugar hablando a solas en voz baja. —La prueba no ha sido en absoluto inútil —continuó—. Aprendimos mucho. Según tu sistema de puntuación, obtuviste el primer puesto. Según otros sistemas de cómputo, que nosotros postulamos, tu calificación ha sido inferior. Con la boca endurecida, el Principal preguntó: —¿Cuál es ese ejemplo de altruismo, amabilidad, generosidad y simpatía? El lunático se acercó, se puso a cuatro patas, intentó trepar a la pared, gimiendo, apretó su rostro contra la piedra fría, miró inexpresivo al Principal. Tenía la boca abierta, húmeda, y sus ojos giraban independientemente uno de otro. El Anciano Jefe tocó la cabeza del hombre. —Éste es el hombre que hemos elegido. El antiguo Principal Galáctico miraba en silencio, apretando los labios, con sus ojos ardiendo como lejanos volcanes. A sus pies, el nuevo Principal Galáctico, señor de dos mil millones de soles, encontró una hoja muerta, se la puso en la boca y empezó a masticarla.

viernes, 24 de marzo de 2017

El Ruido de un Trueno




 Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente.
Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
Safari en el Tiempo S.A

Safaris a cualquier año del pasado.
Usted elige el animal.
Nosotros lo llevamos allí.
Usted lo mata.

    Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios.-. Este es el señor
Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios del pergamino, todas las horas apilada en llamas.
    El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los viejos años, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en los orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo, bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antítodo, militarista, anticristo, antihumano, antiintenlectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosario.
-Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¡Trata de asustarme!
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionate cacería de todos los tiempos. SU cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte –dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
    Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019.
¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.
Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el
fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso –dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La Máquina aulló. El tiempo era un película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo –dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy.
África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún –dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que
Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso –señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso –dijo - es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de metal antigravitatorio.          El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? –preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado.
Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pájaro, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro –dijo Eckels.
-Muy bien –continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? –inquirió Eckels.
-¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones sobrevivir?. Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojados al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces.
    Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo –dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales.
Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté
 equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha liego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O algo mucho más sutil.
Quizá un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir que realmente lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes en el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos que animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja –dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente –dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas, La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que el manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja –habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo, Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto –dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie!
Se prepararon a dejar la Máquina.
    La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo por siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantes nacidos del delirio de una noche febril.
Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! –dijo Travis-. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le
dispara el arma...
Eckels enrojeció.
-¿Dónde esta nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡ Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro –murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten todos el seguro, todos! –ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.
Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero Jesús, esto es caza –comentó
Eckels-. Tiemblo como un niño.
-Ah –dijo Travis.
Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí delante –susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.
De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo –murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de los árboles, un gran dios del mal, apretando sus delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuelo de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! –Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. –Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese!- siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta –ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos mitad del dinero.
-No imaginé que fuera tan grande –dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes.
Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de sangre cruda cruzó la jungla.      
-Sáquenme de aquí –pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra –dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
- ¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
- ¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante ton un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, Y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran Palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, Como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Krarner se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuarnente.
En la Máquina de¡ Tiempo, cara abajo, yacía Eckelsl estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren: las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro; El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, -el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis. Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
- ¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! -Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
- ¡Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
- ¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros.
Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados Y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado Pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La Próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa.
Se limpiaron las caras Y manos. Se cambiaron las camisas Y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba s entado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.

-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran ... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles Y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S.A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTE NOMBRA EL ANIMAL.
NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI.
USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
- ¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?'
El hombre detrás del mostrador se rio.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina -, no podríamos llevarla allá no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos ... ?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.