viernes, 24 de marzo de 2017

El Ruido de un Trueno




 Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente.
Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
Safari en el Tiempo S.A

Safaris a cualquier año del pasado.
Usted elige el animal.
Nosotros lo llevamos allí.
Usted lo mata.

    Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios.-. Este es el señor
Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios del pergamino, todas las horas apilada en llamas.
    El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los viejos años, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en los orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo, bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antítodo, militarista, anticristo, antihumano, antiintenlectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosario.
-Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¡Trata de asustarme!
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionate cacería de todos los tiempos. SU cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte –dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
    Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019.
¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.
Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el
fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso –dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La Máquina aulló. El tiempo era un película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo –dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy.
África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún –dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que
Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso –señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso –dijo - es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de metal antigravitatorio.          El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? –preguntó Eckels.
Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado.
Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pájaro, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro –dijo Eckels.
-Muy bien –continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? –inquirió Eckels.
-¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones sobrevivir?. Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojados al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces.
    Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo –dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales.
Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté
 equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha liego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O algo mucho más sutil.
Quizá un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir que realmente lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes en el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos que animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja –dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente –dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas, La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que el manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja –habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo, Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto –dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie!
Se prepararon a dejar la Máquina.
    La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo por siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantes nacidos del delirio de una noche febril.
Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! –dijo Travis-. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le
dispara el arma...
Eckels enrojeció.
-¿Dónde esta nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡ Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro –murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten todos el seguro, todos! –ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.
Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero Jesús, esto es caza –comentó
Eckels-. Tiemblo como un niño.
-Ah –dijo Travis.
Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí delante –susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.
De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo –murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de los árboles, un gran dios del mal, apretando sus delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuelo de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! –Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. –Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese!- siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta –ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos mitad del dinero.
-No imaginé que fuera tan grande –dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes.
Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de sangre cruda cruzó la jungla.      
-Sáquenme de aquí –pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra –dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.
-sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
- ¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.
- ¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante ton un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, Y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran Palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, Como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Krarner se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuarnente.
En la Máquina de¡ Tiempo, cara abajo, yacía Eckelsl estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren: las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro; El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.
Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, -el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis. Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
- ¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! -Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
- ¡Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
- ¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros.
Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados Y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado Pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La Próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa.
Se limpiaron las caras Y manos. Se cambiaron las camisas Y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba s entado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.

-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran ... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles Y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S.A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTE NOMBRA EL ANIMAL.
NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI.
USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
- ¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?'
El hombre detrás del mostrador se rio.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina -, no podríamos llevarla allá no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos ... ?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.
El ruido de un trueno.


domingo, 4 de diciembre de 2016

Dioses mortales

Orson Scott Card
(Dioses mortales)




Palabras claves: Humanidad, mortalidad, ancianidad, visita extraterrestre, peregrinación, iglesias, muerte, cementerio, existencialismo.

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El primer contacto fue apacible, casi rutinario: desembarcos repentinos cerca de edificios gubernamentales de todo el mundo, breves deliberaciones en lenguas nativas, seguidos por tratados que permitían a los alienígenas construir ciertos edificios en ciertos lugares a cambio de ciertos favores. Nada espectacular. Las mejoras tecnológicas que introdujeron los alienígenas permitieron mejorar la vida de todos, pero eran mejoras que los ingenieros humanos hubieran logrado al cabo de un par de décadas. El mayor regalo —el viaje espacial— resultó decepcionante. Los alienígenas no dominaban la velocidad ultralumínica. Al contrario, tenían pruebas concluyentes de que era imposible viajar más rápido que la luz. Tenían infinita paciencia y vidas increíblemente largas para soportar travesías a paso de tortuga, pero los seres humanos habrían muerto antes de que el viaje más breve hubiera comenzado en serio.
Al cabo de un tiempo, la presencia de los alienígenas resultó totalmente normal. Alegaron que no tenían más regalos y simplemente ejercieron el derecho que les otorgaba el tratado: construir y visitar los edificios que construían.
Los edificios eran diferentes, pero tenían algo en común: según el juicio popular, eran claramente reconocibles como iglesias.
Mezquitas. Catedrales. Altares. Sinagogas. Templos. Iglesias, sin lugar a dudas.
No se invitaba a ninguna congregación, aunque las personas que acudían eran bien acogidas por los alienígenas presentes, quienes entablaban una encantadora charla totalmente relacionada con los intereses de esa persona. Los granjeros hablaban de granjas, los ingenieros de ingeniería, las amas de casa de problemas maternales, los soñadores de sueños, los viajeros de viajes, los astrónomos de los astros. Los que iban a hablar se sentían bien al salir. Sentían que alguien daba importancia a sus vidas: esas criaturas habían recorrido billones de kilómetros de increíble aburrimiento (¡quinientos años en el espacio, según decían!) tan sólo para verlos a ellos.
Y poco a poco la vida se asentó en una apacible rutina. Los científicos siguieron descubriendo, los ingenieros siguieron construyendo a partir de esos descubrimientos, y se produjeron cambios. Pero sabiendo que no había una gran revolución científica a la vuelta de la esquina, ningún descubrimiento descomunal que abriera las estrellas, hombres y mujeres se dedicaron principalmente a la tarea de ser felices.
No era tan difícil como habían creído.

Willard Crane era un hombre viejo pero satisfecho. Su esposa había fallecido, pero Crane no lamentaba ese breve interregno de su vida en que estaba nuevamente a solas, algo que no le ocurría desde que había regresado de la guerra de Vietnam. Regresó con medio pie menos, pero su chica aún le esperaba. Vivieron su vida matrimonial en las avenidas de Salt Lake City, una ciudad que, cuando ellos se mudaron, era una decrépita reliquia de un siglo anterior, pero que luego se convirtió en una espléndida preservación de una noble época de la arquitectura. Willard ocupaba esa cómoda franja que está a medio camino entre la fortuna y la pobreza; dinero suficiente para satisfacer aspiraciones normales, pero insuficiente para tentarlo con la extravagancia.
Todos los días caminaba desde la Séptima Avenida esquina con la calle L hasta el cementerio donde prácticamente estaba sepultado todo el mundo. En medio del cementerio se erguía el edificio alienígena, una obvia imitación de la vieja arquitectura religiosa mormona, es decir, un pastiche de períodos conflictivos al cual alguien, tal vez a fuerza de fervor, había logrado infundir belleza.
Se quedaba sentado entre las tumbas mientras la gente entraba y salía del santuario alienígena.
La felicidad es aburridísima, pensó un día. Y, para cambiar un poco las cosas, decidió buscar problemas. Lamentablemente la gente que conocía era demasiado simpática, así que decidió buscar problemas con los alienígenas.
Cuando eres viejo, siempre te sales con la tuya.
Entró en el templo alienígena.
En las paredes había murales, pinturas, mapas; en el suelo, pedestales con estatuas; parecía un museo. Había pocos sitios donde sentarse, y no vio indicios de los alienígenas. Esto no lo desanimó; la sola decisión de buscar pelea ya era un cambio, y reparó con orgullo en la exquisita calidad de las obras que exhibían los alienígenas.
Pero había un alienígena, a pesar de todo.
—Buenos días, señor Crane —saludó.
—¿Cómo cono sabes mi nombre?
—Te sientas en una lápida todas las mañanas y miras pasar a la gente. Nos parece fascinante. Hemos hecho preguntas.
La caja parlante del alienígena estaba muy bien programada: una voz cálida, cordial, interesada. Y Willard era demasiado viejo e indiferente a las novedades como para dar importancia al modo en que el alienígena se deslizaba por el suelo y se acomodaba en el banco como una enorme alga.
—Queríamos que entraras.
—Pues ya he entrado.
—¿Por qué?
Ahora que se lo preguntaban, sus motivos le parecían triviales, pero decidió seguirle el juego. ¿Por qué no?
—Busco pelea con vosotros.
—Cielos —exclamó el alienígena, remedando horror.
—Hay preguntas para las cuales no he recibido respuesta satisfactoria.
—Pues confío en que tengamos alguna.
—Vale.
—¿Pero cuáles eran sus preguntas?—. Perdóname si la cabeza no me funciona bien. El cerebro muere primero, como ya sabéis.
—Lo sabemos.
—¿Por qué habéis construido un templo aquí? ¿Por qué construís iglesias?
—Vaya, señor Crane, lo hemos respondido un millar de veces. Nos gustan las iglesias. Nos parecen los edificios más gráciles y bellos que han construido los humanos.
—No te creo. Eludes mis preguntas. Lo diré de otro modo. ¿Cómo tenéis tiempo para charlar con cretinos como yo? ¿No tenéis nada mejor que hacer?
—Los seres humanos son excelente compañía. Es un modo muy grato de pasar el tiempo, que a fin de cuentas, después de tantos años, nos pesa bastante en las... manos. —Y el alienígena intentó gesticular con los seudópodos, lo cual era gracioso, y Willard rió.
—Vaya, qué tíos tan resbaladizos —masculló, y el alienígena rió entre dientes (por decirlo de algún modo)—. Pues me explicaré mejor, y no quiero evasivas porque sabré que tenéis algo que ocultar. Os parecéis a nosotros, ¿verdad? Tenéis los mismos artilugios, y podéis viajar por el espacio porque no estiráis la pata a los cien años como nosotros; hacéis cosas muy parecidas a nosotros. Pero...
—Siempre hay un «pero» —suspiró el alienígena.
—Pero. Hacéis un largo viaje hasta este mundo, que no es precisamente la calle Mayor de la Vía Láctea, y os limitáis a construir iglesias por todas partes y a charlar con cualquiera que las visite. No tiene sentido, no tiene el menor sentido.
El alienígena se deslizó hacia él.

—¿Puedes guardar un secreto?
—Mi esposa pensaba que era la única mujer con quien yo había dormido. Sé guardar algunos secretos.
—Pues he aquí un secreto para guardar, señor Crane. Hemos venido a adorar.
—¿A adorar a quién?
—A adorarte a ti, entre otros.
Willard lanzó una carcajada, pero la criatura tenía ese aire de vehemencia y sinceridad que sólo podían tener los alienígenas.
—¿Me estás diciendo que adoráis a la gente?
—Oh, sí. Es el sueño de cuantos se atreven a soñar en mi planeta. Venir aquí, conocer a un par de seres humanos, atesorar ese recuerdo para siempre.
Willard se puso serio. Miró alrededor: arte humano ostentosamente expuesto, toda esa variedad de iglesias.
—No estás de broma.
—No, señor Crane. Hemos recorrido la galaxia durante millones de años, conociendo nuevas razas y renovando nuestra relación con las más antiguas. La evolución es una vieja y tediosa carretera: la vida basada en el carbono siempre conduce a ciertas características y ciertas formas, aunque nosotros les parezcamos terriblemente distintos...
—No está tan mal. Un poco feos, pero no está mal...
—Todas las... personas como nosotros que han visto ustedes... bien, no todos procedemos del mismo planeta, aunque sus científicos así lo crean. Venimos de miles de planetas. Procesos evolutivos independientes que desembocan inexorablemente en nosotros. Uniformidad absoluta, o casi, en toda la galaxia. Somos el producto final natural de la evolución.
—Conque nosotros somos los raros.
—Podría decirse. Porque en alguna etapa del proceso, señor Crane, en el lejano pasado, la evolución de este planeta se desvió de lo normal. Creó algo totalmente nuevo.
—¿El sexo?
—Todos tenemos sexo, señor Crane. De lo contrario, ¿cómo mejoraría la raza? No, la novedad de este planeta, señor Crane, fue la muerte.
A Willard no le gustaba oír esta palabra. A fin de cuentas, su esposa había significado mucho para él. Y él significaba aún más para sí mismo. La muerte ya lo acechaba en ataques de vértigo, jadeos entrecortados y fatigas que no producían sueño.
—¿La muerte?
—Nosotros no morimos, señor Crane. Nos reproducimos arrancándonos fragmentos enteros con ADN idéntico... ¿Sabes qué es el ADN?
—Fui a la universidad.
—Y entre nosotros, naturalmente, como para toda forma de vida del universo, la inteligencia se transmite en el ADN, no en el cerebro. El cerebro es uno de los subproductos de la muerte. Nosotros no lo tenemos. Nos dividimos, y el individuo, con todos sus recuerdos, sobrevive en los hijos, que están constituidos por auténtica carne de mi carne, ¿entiendes? Nunca moriré.
—Bien, enhorabuena —dijo Willard, sintiéndose estafado y preguntándose por qué no lo había deducido.
—Así que llegamos aquí y encontramos gentes cuyas vidas tenían un final, que comenzaban como criaturas amorfas sin memoria y morían al cabo de un período increíblemente breve.
—¿Por eso nos adoráis? Sería como si yo adorase insectos que mueren pocos minutos después de nacer.
El alienígena rió y Willard se molestó.
—¿A eso habéis venido? ¿A divertiros a costa de nosotros?
—¿Qué otra cosa podríamos adorar, señor Crane? Aunque no descartamos la posibilidad de que existan dioses invisibles, nunca hemos inventado ninguno. No morimos, así que no soñamos con la inmortalidad. Aquí encontramos gente que sabía adorar, y por primera vez despertó en nosotros el deseo de homenajear a seres superiores.
Y Willard reparó en sus palpitaciones, comprendió que su corazón se detendría, mientras que ese alienígena no tenía corazón, no tenía nada que pudiera detenerse.
—¡Narices!
—Nosotros recordamos todo —prosiguió el alienígena—, desde el despertar del intelecto hasta ahora. Cuando «nacemos», como quien dice, no necesitamos maestros. Nunca aprendimos a escribir, sólo a intercambiar ADN. Nunca aprendimos a crear una belleza que nos sobreviviera, porque nada nos sobrevive. Vivimos para ver cómo se derrumban nuestras obras. Aquí, señor Crane, hemos encontrado una raza que construye por el mero gozo de construir, que crea belleza, escribe libros, inventa vidas inexistentes para deleitar a otros que saben que se trata de mentiras, una raza que concibe dioses inmortales para adorar y celebra su propia mortalidad con inmensa pompa y gloria. La muerte es el cimiento de la grandeza humana, señor Crane.
—Qué va —rezongó Willard—. Yo voy a morir, y no le veo nada de grandioso.
—Tú no crees eso, señor Crane. Ninguno de vosotros. Vuestras vidas se construyen en torno de la muerte, la glorificáis. La postergáis todo lo posible, por supuesto, pero la glorificáis. En las literaturas más antiguas, la muerte del héroe es el momento culminante, el mito más potente.
—Esos poemas no fueron escritos por viejos de cuerpo fofo cuyo corazón palpitaba sólo cuando le venía en gana.
—Pamplinas. Todo lo que hacéis huele a muerte. Vuestros poemas tienen principio y final, y estructuras que limitan la obra. Vuestras pinturas tienen bordes que deslindan el comienzo y el fin de la belleza. Vuestras esculturas aíslan un instante en el tiempo. Vuestra música comienza y termina. Todo lo que hacéis es mortal... todo ha nacido. Todo muere. Pero lucháis contra la mortalidad y la habéis superado, acumulando gran cantidad de conocimiento compartido a través de libros finitos y palabras finitas. Le ponéis un marco a todo.
—Locura colectiva, pues. Pero eso no explica por qué nos adoráis. Habéis venido aquí a burlaros.
—No nos burlamos. Os envidiamos.
—Pues morid. Supongo que vuestro protoplasma o lo que fuere es vulnerable.
—No lo entiendes. Un ser humano puede morir, una vez que se ha reproducido, y todo lo que él supo y todo lo que él posee seguirá viviendo después. Pero si yo muero, no podré reproducirme. Mi conocimiento muere conmigo. Una responsabilidad agobiante. No podemos asumirla. Yo soy todas las pinturas y textos y canciones de un millón de generaciones. Morir significaría la muerte de una gran civilización. Vosotros os habéis liberado del yugo de la vida para alcanzar la grandeza.
—Y por eso habéis venido aquí.
—Si alguna vez hubo dioses, si alguna vez hubo poder en el universo, vosotros sois esos dioses, vosotros tenéis ese poder.
—No tenemos ningún poder.
—Señor Crane, eres bello.
El viejo sacudió la cabeza, se levantó penosamente, salió del templo y se alejó despacio entre las tumbas.
—Les dices la verdad —comentó el alienígena (para futuras generaciones de sí mismo que necesitarían el recuerdo de esas palabras)—, y sólo empeoras las cosas.
Sólo habían pasado siete meses, y ya no era primavera, sino que soplaba el gélido viento de finales de otoño. Los árboles del cementerio habían perdido el color y sólo conservaban algunas hojas ocres. Willard Crane entró de nuevo en el cementerio, los brazos engrapados por muletas de metal que le daban, en su vejez, cuatro puntos de apoyo en vez de los precarios dos que le habían servido durante más de noventa años. Algunos copos de nieve caían perezosamente, hasta que un ventarrón los impulsaba en una danza frenética sin ritmo ni dirección.
Willard subió laboriosamente la escalera del templo.
Adentro aguardaba un alenígena.
—Soy Willard Crane —dijo el viejo.
—Y yo soy un alienígena. Hablaste conmigo (o con mi padre, como prefieras) hace unos meses.
—Sí.
—Sabíamos que regresarías.
—¿Ah, sí? Juré que nunca lo haría.
—Pero te conocemos bien, señor Crane. Hay miles de millones de dioses en la Tierra que podemos adorar, pero tú eres el más noble.
—¿Yo?
—Porque sólo tú pensaste en hacernos el regalo más generoso. Sólo tú estás dispuesto a dejarnos presenciar tu muerte.
Y el viejo lagrimeó al pestañear.
—¿Por eso he venido?
—¿No es así?
—Pensé que venía a maldeciros. A eso he venido, hijos de puta, pues habéis venido a burlaros de las últimas horas de mi vida.
—Has venido a nosotros.
—Quería mostraros qué desagradable es la muerte.
—Por favor. Hazlo.
Y, como si quisiera complacerlos, el corazón de Willard se detuvo y el viejo, con un breve espasmo, se desplomó en el suelo.
Los alienígenas se aproximaron, se reunieron alrededor, le vieron respirar entrecortadamente.
—¡No moriré! —rezongó Willard. Cada inhalación era un suplicio, y el heroico esfuerzo le desfiguraba el rostro.
Su cuerpo tiritó y quedó yerto.
Los alienígenas se quedaron horas adorando en silencio mientras el cuerpo se enfriaba. Y al cabo, pues habían aprendido de sus dioses que se deben decir palabras para recordar, uno de ellos habló.
—Hermoso —dijo tiernamente—. Oh Dios, mi Señor —añadió con reverencia.

Y sufrieron la congoja de saber que este don incomparable les estaba negado para siempre.